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Si se ordenan las capturas de peces y otros organismos marinos realizadas en el Atlántico Norte en los años 1950 (arriba) y 1997 (abajo) según su pertenencia a los niveles tróficos correspondientes, resulta evidente el desplazamiento del volumen de capturas desde las especies con un nivel trófico superior (por ejemplo, el bacalao) hacia especies de niveles tróficos más bajos. Esto incluye el aumento de las capturas de animales invertebrados (por ejemplo, crustáceos). (Fuente: Pauly, Froese, 1998)

Repercusiones de la pesca en la red trófica

Un modelo simple para ilustrar las relaciones entre los diversos organismos del mar es la cadena trófica marina. Como productores primarios, las algas unicelulares utilizan la luz solar para formar moléculas complejas que les sirven para crecer y multiplicarse. El siguiente eslabón de la cadena es herbívoro y se alimenta de los productores primarios, siendo a su vez la presa del siguiente eslabón carnívoro de la cadena y así sucesivamente.

 

Sin embargo, en realidad resulta poco frecuente que los complejos ecosistemas marinos estén compuestos por una sencilla cadena trófica formada por especies individuales que se alimentan de otras especies que están por debajo de ellas en la cadena trófica. A menudo, también cambian los hábitos alimenticios de una especie a lo largo de su ciclo vital: un arenque joven consume fitoplancton, mientras que el ejemplar adulto consume un amplio espectro de presas.

 

De ahí que sea mejor describir las relaciones tróficas de los habitantes del mar como una red trófica marina, con complejas interconexiones entre los distintos miembros de la comunidad.

 

Pescando en los niveles bajos

El nivel trófico (NT) indica la posición que ocupa un pez o un crustáceo en la red trófica. Así, por ejemplo, una anchoa cuya la alimentación consiste en un 50% de fitoplancton (NT = 1) y un 50% de zooplancton herbívoro (NT = 2) tendrá un valor de NT = 2,5 (según la fórmula NT = 1 + el valor medio de los componentes de su alimentación). Cuanto mayor sea el nivel trófico de la presa, mayor será la posición que ocupe el depredador en la escala.

 

Un análisis detallado de los datos de capturas recopilados por la FAO revela que, a lo largo del tiempo, se ha producido un cambio paulatino en las principales especies capturadas: de grandes peces predadores a especies más pequeñas y que se alimentan de plancton. Estas especies son, a su vez, las presas de los grandes peces predadores, como el atún o el pez espada, que se sitúan en el nivel superior de la red trófica. Las especies con un nivel trófico intermedio, suelen ser de tamaño medio y se alimentan de presas menores. Y los peces situados en el extremo inferior de la red trófica se alimentan de plancton, como las algas unicelulares o minúsculos crustáceos.

 

¿Cuál es el problema? Al aumentar el volumen de capturas de peces con un nivel trófico más bajo, las especies de los niveles superiores se quedan sin el alimento necesario para su reproducción y el mantenimiento de sus poblaciones. Debido a la falta de conocimientos sobre las relaciones tróficas entre las distintas especies, existe la preocupación de que las dimensiones que está alcanzando la pesca mundial puedan alterar gravemente el equilibrio ecológico de los mares, logrado a lo largo de millones de años de evolución, y que la tendencia a pescar cada vez más especies situadas en los niveles bajos de la red trófica sea un indicio del posible colapso de otros caladeros en el futuro.

 

Efectos de las técnicas pesqueras

Ya en el siglo XIV existía entre los pescadores ingleses cierta preocupación por los efectos negativos sobre la estructura del fondo marino que pudieran ocasionar las redes que utilizaban. Tres siglos más tarde, sus colegas holandeses incluso exigían que se limitara el uso de redes de arrastre porque este tipo de artes menoscababa la capacidad de pesca de otras redes.

 

Las especies demersales, como el bacalao, se capturan en el mar del Norte o el mar de Irlanda principalmente con redes de arrastre de fondo o de vara, que son arrastradas por el fondo marino. Mientras que en la red de arrastre de vara un larguero o vara de acero se encarga de mantenerla abierta incluso a velocidades lentas, la abertura de la red de arrastre de fondo se mantiene mediante las denominadas puertas de red. Tanto la vara de acero como la puerta de red están en contacto con el fondo y, dependiendo de su peso y las características del suelo, se hunden en el mismo a diferentes profundidades. Junto con otros dispositivos auxiliares como las cadenas de fondo o cosquilleras, estas redes van arando el fondo marino, dejando al descubierto organismos que viven en los sedimentos y sepultando a otras especies.

 

Debido al impreciso método de captura de estas redes, acaban en las mismas una gran cantidad de animales marinos no deseados como capturas accesorias que, una vez izada la red, se vuelven a arrojar por la borda (descartes).

 

La mayor parte de las capturas accesorias mueren a causa de las heridas sufridas durante el proceso. La mortalidad varía en función de la especie y el tamaño: mientras que la mitad de los crustáceos y moluscos no sobreviven a la tortura, en las estrellas de mar la cifra es de aproximadamente un 10%. Sin embargo, en el caso de los peces pequeños o no deseados, las pérdidas se sitúan entre el 70% y el 100%.

 

Aunque no acaben en las redes, también sufren graves lesiones otros organismos que son arrollados y golpeados por los aparejos utilizados, cada vez más grandes y pesados. Hasta un 85% de los moluscos y crustáceos y casi un 50% de los nereidos (una familia de gusanos) y erizos de mar perecen en la zona de arrastre de varas y puertas de red, cuyos efectos aún son visibles meses después.

 

De este modo, el fondo marino pierde también estructuras que constituyen un lugar de refugio para los alevines que viven en el fondo. Las investigaciones llevadas a cabo en las aguas de Terranova han demostrado que las tasas de supervivencia de los alevines de bacalao en zonas cuyos fondos marinos presentan diversidad estructural, son mayores que en aquellas con suelos uniformes debido al uso regular de redes de arrastre de fondo.

 

Los efectos explosivos de la dinamita han dejado huellas claramente visibles en un arrecife de coral indonesio. (Photos: W. Henry)

El último recurso: la pesca con dinamita y cianuro

No sólo son culpables las redes de los grandes buques arrastreros de las flotas pesqueras industriales, también las prácticas de las pequeñas embarcaciones que se dedican a la pesca costera contribuyen al deterioro y la destrucción de importantes hábitats y de sus estructuras.

 

El uso de venenos como el cianuro y de explosivos, sobre todo en el sudeste asiático, no sólo mata a los peces, sino que también destruye los delicados arrecifes de coral y, con ellos, las bases para una pesca sostenible. Debido al lento crecimiento de los corales, que constituyen el hábitat de muchas especies de peces, éstos migran hacia otros arrecifes aún intactos y la destrucción es cada vez mayor.

 

Los piratas del mar: la pesca ilegal

Resulta especialmente problemática la proliferación de la pesca ilegal, no regulada ni registrada, que llevan a cabo sobre todo buques pesqueros que no navegan bajo la bandera de su país de origen. Estos buques arrastreros, bajo las denominadas banderas de conveniencia como las de Belice, Honduras o San Vicente, faenan sobre todo en regiones remotas y difícilmente controlables, como los mares del polo sur, o en las costas de países cuya situación no les permite mantener una vigilancia de sus aguas territoriales.

 

Donde se pesca ilegalmente o no se controlan las capturas, resulta prácticamente imposible proteger los recursos pesqueros o explotar dichos recursos de modo sostenible. Se estima que, en algunas especies, las capturas ilegales representan actualmente un 30% del volumen total de capturas. De este modo, la pesca ilegal e incontrolada es también responsable de la sobreexplotación de importantes recursos pesqueros y, en determinados casos, puede contribuir al agotamiento de las especies.

 

Los armadores evitan todos los controles e incumplen los acuerdos de pesca porque estos países no ratifican los correspondientes acuerdos o convenios y no ejercen ningún tipo de control sobre sus flotas. A menudo, los verdaderos propietarios de los barcos residen en Japón, Estados Unidos o en países de la Unión Europea.

 

Las consecuencias de estas prácticas pesqueras las pagan los pescadores, especialmente los de los países más pobres. Mientras que la riqueza pesquera de las aguas costeras del África occidental ha alimentado durante generaciones a los pescadores y sus familias, hoy ven como sus aguas son explotadas mediante la pesca industrial, tanto legalmente por las flotas pesqueras internacionales, como ilegalmente.